Jeffry
Murillo Pachón
Redactor
La
mandarina que tengo en mi mano es pequeña, tiene el aspecto y olor propios de
una fruta madura; es de color anaranjado en su mayor parte con algunos lados de
color amarillo. Tiene manchas en un lado, de tamaño pequeño e irregulares. En
un lado tiene una hendidura, al parecer, producto de una caída o de la presión
por el peso de otras mandarinas al momento de transportarse. Su forma es más
bien chata.
Su ombligo
es pequeño con borde verde oscuro, tiene una cascara consistente, es decir, ni
muy dura ni muy blanda, es muy delgada; al abrir la mandarina, se intensifica
el olor que brota de ella abriendo el apetito automáticamente. Al abrirla, la
cascara tiene resistencia, no se abre con facilidad, como no queriendo ser
“desnudada”, como no queriendo revelar su delicioso secreto. Eso lo siento al
crujir, al romperse como diciéndome que su rebeldía no será pasada por alto ni
que dejará de luchar hasta el final.
Los gajos
son más bien regulares en su mayoría, sin contar uno o dos que son más
pequeños, un poco ásperos. La cascara en su interior tiene “venas” y se siente
un poco rugosa. Al coger los gajos, se desprenden con cierta facilidad, como
niños que quieren salir a jugar. Son pálidos, igual de consistentes que la
cascara e hinchados.
El sabor es
más suave que el olor, los gajos tienen un ácido agradable, que invita a comer.
Al momento de coger un gajo, quedan venas sueltas como huérfanos sin madre,
como niños sin compañeros, son muy jugosos, no tienen semillas la mayoría o si
la tienen es muy pequeña que apenas la siente el paladar.
Muchos
compramos, abrimos y consumimos mandarinas sin percatarnos de detalles como los
descritos anteriormente; no nos detenemos a verla, a disfrutarla realmente pero
para mí la mandarina que tengo en mi mano es diferente, especial, hermosa y
espero con ansias lo que veré en la siguiente mandarina que en el futuro vaya a
comer.
1 comentario:
esta cheverisimo el articulo porque genera la idea de que debemos explorar nuestro mundo
Publicar un comentario